31 de mayo de 2016

Andrea Ibarra Morales
La vida de Ana María Huarte
Introducción
La biografía es la investigación de una experiencia personal que da cuenta de lo que es humano, a partir de su estudio se pretenden conocer los pensamientos y aún los sentimientos de un individuo para dar con la razón última de sus acciones, pero la biografía no sólo ayuda a comprender una experiencia personal, sino que también contribuye a explicar el devenir humano desde la “óptica del actor”.
Los diarios personales, los diarios de viaje, los documentos judiciales, las cartas, entrevistas, etc. son algunas de las tantas fuentes con las que un investigador puede acercarse al conocimiento de la vida de un individuo. Pero siempre teniendo en consideración que incluso si se tiene una infinidad de fuentes que traten sobre un personaje es imposible conocer la totalidad de lo que fue su ser. La pretensión de la biografía, como lo es también de la historia, no es decir “lo que verdaderamente aconteció”, sino que es ofrecer una interpretación personal que reflexiona sobre su objeto de estudio para poner en duda la existencia propia.
Pienso que al hacer una biografía debemos cuestionarnos por el ser de las personas que estamos investigando, porque no debemos olvidar, como advierte Roberto Fernández Castro, “la importancia de nuestro trato con las personas del pasado”,[1] ni que el inicio y el fin de la historia tiene que ver con nuestra propia vida. Por ello, al acercarnos al estudio de la vida de un individuo debemos tener presente que como todos los seres humanos tuvieron que enfrentarse a la realidad con todo y sus fobias, filias, sentimientos, emociones, ideologías, etc., y con ello también tuvieron errores y aciertos, es decir debemos tratar las vidas del pasado como vidas, en este sentido la experiencia propia ayuda a entender otro mundo sólo si se tiene conciencia de la distancia y la cercanía que tenemos con esas personas del pasado, e incluso del presente.
El presente trabajo es el resultado de una investigación dirigida a entender una experiencia: la vida de Ana María Huarte en Estados Unidos, con el fin de explicar cómo se enfrentaba un mexicano a una realidad distinta (distinto idioma, distinta religión, distintas condiciones económicas, políticas sociales y culturales). Para elaborar este ensayo, se consultó historiografía, cartas, diarios, libros de viaje y memorias, sin embargo, las noticias de la vida de Ana María Huarte son escasas; la mayoría de la información que se puede conocer sobre ella se encuentra dentro de las investigaciones sobre la vida y obra de Agustín de Iturbide, su marido, y de pequeños relatos que dan un panorama muy general de la vida de la familia Iturbide en Estados Unidos. La única biografía, más o menos formal, que se ha escrito de ella es la de Sara Sefchovich. [2].  
La suerte de la consorte: las esposas de los gobernantes de México. Historia de un olvido y  relato de un fracaso, de Sara Sefchovich[3], publicado en 1999 por la editorial Océano, rescata la vida de las esposas de los gobernantes de México desde la primera virreina de la Nueva España hasta Margarita Zavala. En el apartado “En la dulce penumbra del hogar” Sara Sefchovich estudia la vida de diversas mujeres, entre ellas la de Ana María Huarte, que se encontraron inmersas en el proceso de Independencia de la Nueva España. La autora hace un pequeño estudio de la vida de Ana María Huarte dando cuenta de la fecha de su nacimiento, boda, exilio y de su muerte, además de que hace una descripción del físico de la biografiada, sin embargo la vida de Ana María Huarte palidece, en este estudio, ante la figura de Isidro Huarte, Agustín de Iturbide y Ángel de Iturbide y Green.
Sin embargo, pese a la escasez de fuentes que abordan la biografía de Ana María Huarte de forma más profunda, se ha podido hacer una interpretación de la información hallada para plantear la idea de que, la vida de Ana María Huarte, como la de muchos mexicanos que se vieron obligados a vivir en el extranjero durante el siglo xix, en Estados Unidos se vio marcada por la pretensión de encontrar en dicho país el estilo de vida más parecido al que tenían en México.
Ana María Huarte
En el seno de una de las familias más acomodadas de la Nueva España, los Huarte Muñiz, el 17 de enero de 1786 nació Ana María Josefa Ramona de Huarte y Muñiz en Valladolid. Su padre, Isidro Huarte Arrivillaga, era un español acaudalado comerciante y terrateniente que fungió como intendente de Valladolid y su madre fue Ana Manuela Muñiz Sánchez de Tagle quien era miembro también de una familia de gran importancia en Michoacán. Su educación se llevó a cabo en el Colegio de Santa Rosa María[4], fundado en 1743 en Valladolid, cuya principal área educativa era la enseñanza de la música pero que estaba ligada esencialmente con la enseñanza de la doctrina religiosa católica. La comunidad femenina que captaba el Colegio era fundamentalmente aquel que pertenecía a las clases más altas, aunque estaba dirigido a la educación de las niñas de todos los sectores que tuvieran la intención de estudiar[5].
En este colegio se iban a formar las hijas de las familias más ricas de Valladolid, los sábados en el balcón de la planta baja del colegio salían a lucirse las alumnas internas y llegaban los mozos aristócratas de la región, entre los que se encontraban también los miembros del regimiento de Michoacán. Posiblemente Agustín de Iturbide era uno de los jóvenes que iban a tratar de cruzar alguna mirada con las alumnas del Colegio de Santa Rosa.
A partir de esas visitas los sábados al Colegio de Santa Rosa Agustín de Iturbide se enamoró de Ana María Huarte, quien era una joven:
[…] con rostro de madona y ‘brazos blanquísimos y redondos como dos flanes de leche’, lo que mucho gustaba en ese entonces porque respondía al ideal europeo que tanto se admiraba aquí[6]
El 27 de Febrero los dos jóvenes criollos, Ana María Huarte y Agustín de Iturbide, contrajeron matrimonio[7], sacramento administrado por el arce deán de la Catedral de Valladolid. Ana María se casó[8] a los 19 años de edad, según el certificado de matrimonio, para esas fechas su madre ya había muerto y su padre ya había contraído por tercera ocasión matrimonio. Al día siguiente de la boda se llevó a cabo una misa nupcial en el oratorio de la casa de la joven pareja.
La dote que aportaba Ana María era de cien mil pesos además de incluir joyas, se considera que a partir del dinero otorgado por la joven Agustín de Iturbide pudo adquirir la hacienda de San José de Apeo valorada en más de noventa mil pesos.[9] Durante su matrimonio con Agustín de Iturbide tuvo diez hijos[10]. La mayor parte de su matrimonio se situó durante un periodo de inestabilidad política y social derivado de la guerra de Independencia en la que su marido participó activamente, siendo el principal responsable de la consumación de ésta. Al finalizar la guerra se sentaron las bases para la construcción de un nuevo gobierno encabezado por él, siendo nombrado Emperador de México el 21 de julio de 1822 y Ana María Huarte primera Emperatriz de México, sin embargo el gobierno de su marido sólo duró dos años, provocando el exilio de la familia Iturbide.
La muerte del Emperador
El 22 de marzo de 1823 Agustín Iturbide, consumador de la independencia de la Nueva España y primer emperador de México, zarpó junto con su familia hacia Italia. Su partida al extranjero se debió a que en 1824 el Congreso declaró fuera de la ley al Imperio y prohibió la estancia de Iturbide en el territorio mexicano.
Los embates de la guerra afectaron la posibilidad de que el Primer Imperio tuviera una larga vida, debido a que las pugnas que existían entre la diferentes facciones, que emergieron de la lucha por la Independencia, se renovaran y provocaran que el 2 de diciembre el brigadier Antonio López de Santa Anna desconociera el gobierno imperial y exigiera la restauración del congreso y el establecimiento de un gobierno republicano. A pesar de que los llamados a la estructuración de una nueva forma de gobierno de Santa Anna no tuvieron tanto éxito, si provocaron que algunas sociedades secretas armaran una coalición entre las tropas enviadas a combatir al Emperador, lo que produjo la consolidación del Plan de Casa Mata que exigía la elección de un nuevo congreso, reconociendo la autoridad de las diputaciones provinciales.
Las aspiraciones de Iturbide en el gobierno mexicano no terminaron con su exilio, a partir de su partida a Europa se inició para él una fase en la que México se convertiría en obsesión. Al instalarse, junto con su familia, en una casa de campo perteneciente a la princesa Paulina Bonaparte en Liorna, Italia, se dio a la tarea de hallar los argumentos para reivindicar su imagen, al mismo tiempo que, buscaba justificarse ante sus compatriotas y encontrar la forma de reintegrarse a la vida política de México. Este último propósito se vio beneficiado ya que, durante su estancia en Europa, estuvo bien informado del caos político, económico y social que se vivía en México. Recibía comunicados que explicaban los acontecimientos que ocurrían en México y que lo incitaban a regresar con el fin de que arreglara el caos político que imperaba.
Iturbide, recibía cada vez más cartas provenientes de sus partidarios en México que lo instaban a volver. Al respecto Laura B. de Suárez considera que, sí Iturbide tenía en mente la idea de regresar a México las propuestas de sus amigos y partidarios fortalecieron su deseo de volver.[11] En tanto buscaba los medios y las condiciones más favorables para su regreso, el ex emperador vivía una precaria situación en Europa; La Santa Alianza y Fernando vii no veían con buenos ojos su estancia en Italia, es posible que está animadversión obligará a Iturbide y a su familia a trasladarse a un sitio donde tuvieran una mayor certeza de que estarían seguros. El 31 de diciembre de 1823 llegó a Gran Bretaña, allí pudo concretar una fecha para su viaje de vuelta a México.
Entre tanto, en México, al tener noticia del trasladó de la familia Iturbide a Gran Bretaña, se empezó a levantar el revuelo, el gobierno tomó sus medidas para evitar que intentasen volver al país, entre ellas se le suspendió la pensión que se le había otorgado y lo declararon fuera de la ley. La disposición, que data el 3 de abril de 1824, ordenó también que sí pisaba suelo nacional estaba condenado automáticamente al fusilamiento. Ignorando tal situación, El 11 de mayo junto con su familia se embarcó en el bergantín “Spring” desde Southampton hacia México. Durante su viaje, Agustín de Iturbide escribió su testamento el 12 de julio, en él declaró herederos a sus padres y a sus hijos, como tutora de los más pequeños nombró a su esposa Ana María Huarte y como albaceas a Juan Gómez Navarrete, Nicolás Carrillo y José Antonio López.
Al desembarcar el 15 de julio de 1824 fue hecho prisionero y cuatro días después, el 19 de julio de 1824, Agustín de Iturbide fue fusilado en la Villa de Padilla en Tamaulipas. Antes de morir le escribió a su esposa:
La legislatura va a cometer en mi persona el crimen más injustificado. Dentro de pocos momentos habré dejado de existir y quiero dejarte en estos renglones para ti y para mis hijos todos mis pensamientos, todos mis afectos. Cuando des a mis hijos el último adiós de su padre, les dirás que muero buscando el bien de mí adorada patria. Huyendo del suelo que nos vio nacer, y donde nos unimos, busca una tierra no proscrita donde puedas educar a nuestros hijos en la religión que profesaron nuestros padres. El señor Lara queda encargado de poner en buenas manos, para que los recibas, mi reloj y mi rosario, única herencia que constituye el recuerdo de tu infortunado.[12]
Verónica Zárate Toscano, apunta el testimonio del general Felipe de la Garza, quien estuvo a cargo del fusilamiento de Iturbide, en el que señala que:
Llegando al suplicio se dirigió al pueblo: “Mexicanos: en el acto de mi muerte os recomiendo el amor a la patria, y observancia de nuestra santa religión; ella es quien os a de conducir a la gloria. Muero por haber venido a ayudaros, y muero gustoso porque muero entre vosotros. Muero con honor; no como traidor [sic.]; no quedará a mis hijos y a su posteridad esta mancha; no soy traidor; no [sic.]. Guardad subordinación y prestad obediencia a vuestros jefes. Que haciendo lo que ellos mandan, cumpliréis con Dios.” Besó al Santo Cristo y murió al rumor de la descarga.[13]
Las aspiraciones de él y de sus partidarios de volver al trono se habían cortado de tajo, y el destino de su familia, en gran medida, dependía del gobierno en turno. Se proponía enviar a su familia a Colombia, pero a falta de un barco que los llevara a ese destino se embarcaron con rumbo a Nueva Orleans.
La vida en Estados Unidos, 1824-1861
Diecinueve años atrás, en 1805, Ana María Huarte no hubiera imaginado que al casarse con Agustín de Iturbide su vida se vería directamente afectada por los acontecimientos que configurarían el inicio de la vida de una nueva nación, y que en 1824 ella y sus hijos se verían condenados a la vida en el exilio.
Cuando Ana María Huarte recibió la noticia de la muerte de su esposo estaba embarazada de su décimo hijo. Ella espero la decisión de la Asamblea sobre su futuro y el de sus hijos en el bergantín “Spring”, finalmente se solucionó que ella debía partir junto con su familia a Colombia, además de que recibiría una pensión de $8000 anuales. Sin embargo no pudieron encontrar un transporte que los llevara hacia Colombia en esos días por lo que se les permitió trasladarse rumbo a Nueva Orleans, por lo que Estados Unidos se convirtió en el lugar donde residiría hasta el día de su muerte, en este lugar nació su último hijo Agustín Cosme Iturbide Huarte en Octubre de 1824. Ana María partía hacia un país que parecía completamente distinto al que había forjado, en cierta medida su marido.
La suerte de Ana María como una mujer viuda ya no era tan extraña en el caótico siglo xix, al igual que muchas mujeres tuvo que enfrentarse a la vida sin sus maridos, que les fueron arrebatados principalmente por las continuas batallas producidas por la inestabilidad política, social y económica que se vivía en México. Ser viudas les planteaba nuevas situaciones en la que tal vez pensaron que nunca se encontrarían, pero también les concedía la oportunidad de tener una mayor movilidad social al tener la posibilidad de trabajar o de administrar por sí solas sus bienes. Las mujeres viudas tenían más posibilidades de vida que las solteras, “dejadas” o marginadas, porque su condición era socialmente aceptada.
Las viudas recibían los bienes adquiridos por ellas y sus cónyuges durante el matrimonio, y también se apropiaban de los bienes del maridos que quedaban a su cargo y administración, a excepción de la porción de bienes que correspondían a los hijos, Ana María Huarte tuvo mayor libertad de decisión sobre qué iba a hacer con su pensión anual y con la crianza de sus hijos, sin embargo no buscó otros medios para conseguir más recursos, porque además de la pensión que recibía anualmente no hay noticia de que tuviera otra fuente de recursos.
Ana María Huarte vivió junto con su hijo menor en Nueva Orleans mientras que su demás hijos estaban internados en distintos colegios de Estados Unidos, posteriormente se mudó con él a una residencia en Georgetown a las afueras de Washington. Se sabe que en el convento de la Visitación en Georgetown, donde existen distintos retratos familiares de Ana María Huarte, lugar donde su hija Juana profesó, la emperatriz pasó la mayor parte de su tiempo libre debido a que se le otorgó una celda, un lugar en el coro y en el refectorio.
Ana María nunca tuvo una mirada acrítica de los procesos que le tocaron presenciar de forma directa, es posible que incluso cuando era emperatriz se hiciera cargo de organizar la vida social de la corte como antaño se habían encargado las virreinas de Nueva España, el único testimonio dejado directamente por ella se refiere a esta actitud que tiene frente las condiciones que tuvo que experimentar.
Este testimonio son dos cartas firmadas por ella en marzo de 1833 al poder legislativo de la época, que tenían el propósito en primera instancia de manifestar sus inconformidades a la situación de su familia en el exilio y en segundo plano como agradecimiento por el aumento de la cantidad de su pensión anual.
En la primera de ellas expresa que:
La idea de nuestra separación [del país] era una medida política y necesaria para que la Nación se constituyese pacífica y sólidamente […] Hizo [sic.] estos sacrificios en las aras de la Patria, pero nunca ha sido su intención prolongarlo más del tiempo indispensable.[14]
Con estas palabras Ana María reconocía que sus hijos habían sido educados en su casa y en sus colegios con el dogma católico y con ideas democráticas que les impedían regresar al país para remover los ánimos de los seguidores más aferrados de su padre con el fin de tratar de reestablecer el Imperio, y con ello tenía la intención de que se permitiera que ella y su familia pudieran regresar a vivir a México, con este propósito incluso afirmó que “desea[ba] que se conserve el sistema actual de la República, que ama la paz y el órden público y que por su parte jamás habrá ocasión de que se perturbe en lo más mínimo”[15].
En esa década de los años treinta del siglo xix se concedió que la familia Iturbide pudiera regresar a vivir al país, pero Ana María a pesar de haber expresado sus deseos de volver nunca regresó. Durante este período Lorenzo de Zavala visitó a la familia Iturbide, y refirió que, Ana María Huarte había conseguido cosechar frutos de su vida en el exilio debido a que logró que sus hijos e hijas recibieran una educación acorde “a la civilización del país […] y han aumentado las gracias de su sexo con las ventajas de la cultura del espíritu y con las perfecciones físicas de la educación material”.[16]
Alrededor de 1934, Rafael Reynal describe que se podía observar a Ana María Huarte en los eventos sociales que había en Washington y que al mismo tiempo sentía nostalgia por la tierra que la vio nacer y en la que formó una familia con su amado Agustín, como el siguiente pasaje donde describe la impresión que tuvo la emperatriz al ver una pintura de la Ciudad de México expuesta en esa ciudad:
En el curso de la conversación, Mr. Bullock que supo que yo era mexicano me refirió: que cuando manifestó su panorama en la ciudad de Washington la Señora Yturbide [sic.] había estado ha [sic.] visitarlo; y que habiéndolo visto la calle de Plateros señalándola, dijo a sus hijas: arriba está la calle de San Francisco. Dio a continuación un prolongado suspiro, é inclinando la cabeza hacia el suelo, se sentó, y permaneció en aquella postura por mas [sic.] de una hora entregada á las mas [sic.] profundas meditaciones.[17]
Posteriormente Ana María se mudó con sus hijas a Filadelfia. Durante su residencia en esta ciudad debió tener una vida más precaria porque a partir de 1847 el gobierno de México deja de darle la pensión anual, lo que la motivó a exigir sus derechos ante el presidente de Estados Unidos, James Polk, quien refirió en su diario que la antigua emperatriz era una persona interesante, que no sabía hablar inglés y que tampoco tenía la certeza de poder arreglar su situación económica debido a la guerra que tenían las dos naciones.[18]
Durante su residencia en Estados Unidos Ana María Huarte sufrió la pérdida de cuatro de sus hijos, en 1828 muere su hija Juana María Iturbide Huarte, el 10 de julio de 1849 muere su hija María de Jesús Iturbide Huarte, en 1853 muere su hijo Felipe Iturbide Huarte y el 7 de junio de 1856 muere su hijo Salvador María Iturbide Huarte.
Ana María murió el 21 de marzo de 1861 a los 75 años en Filadelfia, Estados Unidos, a causa de hidropesía. Estuvo rodeada de sus hijos Sabina, Josefa y Agustín Cosme, quien le mandó una carta a su hermano Ángel que puede darnos una idea general del entierro de nuestra biografiada (cuyos restos se encuentran en el cementerio de la Iglesia de San Juan Evangelista, lejos de su marido cuyos restos descansan en la Catedral de la Ciudad de México):
Muy decente y muy callado, se hizo todo como sin duda ella hubiera deseado. El doctor Peace se encargó de todo y además, este buen amigo de la familia, porque no puede dársele otro nombre, nos ha franqueado el dinero para pagar los gastos del entierro, para hacernos el luto, etc., pues creerás que nuestra mamá sólo dejó un peso y cinco centavos, con lo cual se le dijeron dos misas. En el banco mamá tenía ocho acciones y algunas alhajas están guardadas hasta que ustedes lleguen, pues mamá no dejó testamento, por eso nada se ha tocado hasta saber el parecer de ustedes. Te incluyo una trenza de mamacita; es grande por si Agustín Jerónimo quisiera un pedacito.[19]
La vida de Ana María Huarte estuvo emparejada de dos contextos fundacionales en la historia de México, las reformas borbónicas que causaron un desarrollo económico que el territorio mexicano actual no volvió a alcanzar hasta la llegada de Porfirio Díaz al poder pero que al mismo tiempo generaron una serie de procesos búsqueda de identidad entre los sectores criollos que en parte dirigieron la Independencia de México, está como el segundo proceso que se mantuvo como el escenario principal en la vida de la primera emperatriz de México, quien a pesar de no ser una participante activa en dicho proceso sufrió sus consecuencias de una forma impactante.
Conclusiones
México y Estados Unidos separados por vastos territorios, habían pertenecido a dos distintas y antagónicas potencias europeas, con culturas, religiones, modos de vida y formas de organización social y política muy diferentes.[20] Entre 1790 y 1860, Estados Unidos experimentó una crecimiento demográfico espectacular, la población ascendió de 3.9 millones de habitantes en 1790 a 31.4 millones en 1860.[21] Así mismo, la economía tuvo un desarrollo acelerado como consecuencia de las condiciones internacionales, la expansión del mercado interno y de la construcción de ferrocarriles y canales. En gran medida, todos estos cambios se favorecieron por el constante movimiento de la población hacia el oeste, producto de una deliberada política expansionista de algunos gobiernos.
Frente a estas condiciones, México recién fundado vivió un caos que fue característico de casi todo el siglo xix, la caída del Primer Imperio sólo fue un síntoma de la enfermedad política y económica que vivió la población mexicana que buscaba consolidar un Estado fuerte. La Independencia de Texas, su posterior anexión a Estados Unidos, y la guerra que pelearían México y Estados Unidos en 1846 marcarían las futuras relaciones entre ambos países, no sólo se harían más grandes las distancias en el terreno político y económico, sino que también se harían más notorias las diferencias que existen entre uno y otro país.
La vida de Ana María Huarte estuvo marcada por estas diferencias debido a que, desde mi punto de vista, ella intento trasladar el estilo de vida que tenía en México, tal vez no como emperatriz pero si como una mujer dedicada a la religión y sus deberes como madre. Ella no aprendió a hablar inglés y gran parte de su vida en Estados Unidos se desarrolló entre las paredes de los conventos en los que profesaban sus hijas. De igual forma, ella pidió al gobierno mexicano que se le eximiera su castigo y le permitieran regresar a México, sin embargo una vez logrado este cometido nunca volvió, posiblemente por los peligros que significaba vivir en el país durante el siglo xix y a la estabilidad que le brindaba la vida en los Estados Unidos.
Ana María Huarte fue una mujer de su tiempo, su vida se vio fuertemente involucrado en los procesos que dieron rumbo a la liberación de la Nueva España y a la conformación de un primer Estado mexicano, sin embargo ello también le planteó la posibilidad de actuar con mayor libertad, sin duda la pregunta sería entonces ¿ella se sintió agradecida por esta libertad? A partir de mi investigación podría responder que Ana María nunca pensó que se iba a tener que enfrentar al rol de madre soltera en grandes períodos de su vida, tal vez no lo deseo, pero fijó este rumbo hacia una crianza tradicional, en la que la religión fue el aspecto más importante de su vida.
Fuentes documentales
Fuentes primarias
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Reynal, Rafael, Viage por los Estados Unidos del Norte, dedicado a los jóvenes mexicanos de ambos secsos, Impreso por E. Deming. 1834.
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[1] Roberto Fernández Castro. “Los retratos del general y la imagen del presidente”. En BiCentenario. Núm. 20. México. 2013.
[2] Otras biografías que se pueden encontrar sobre Ana María Huarte se encuentran en diversos blogs y páginas de internet, sin embargo todas ellas repiten la información que está en Wikipedia y en la página de la Casa imperial de México.
[3] Sara Sefchovich es una novelista, historiadora y socióloga mexicana que actualmente trabaja en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. “En la dulce penumbra del hogar”, La suerte de la consorte: las esposas de los gobernantes de México. Historia de un olvido y relato de un fracaso, México, Océano, 1999.
[4] Hoy Conservatorio de las Rosas
[5] Ma. Guadalupe Cedeño Peguero, “El reglamento de la escuela del Colegio de Santa Rosa María de Morelia”, en Tzintzun. Revista de estudios históricos, núm. 22, Morelia, 1995.
[6] Sara Sefchovich, ob. cit, p. 63.
[7] Ana María Huarte de Iturbide y su esposo Agustín de Iturbide, Ibíd., p. 67.
[8] Partida de matrimonio de Ana María Huarte y Agustín de Iturbide. Sergio Antonio Corona, “Los Iturbide-Huarte y sus descendientes”, En Mensajero. Torreón, núm. 190, Centro de Investigaciones Históricas de la Universidad Iberoamericana de Torreón, 2014, p. 2.
[9] También se considera que a lo largo del matrimonio entre Ana María y Agustín, Isidro Huarte proporcionó dinero a la pareja.
[11] Laura B. Suárez de la Torre, “Prólogo”, en Agustín de Iturbide, Manifiesto al mundo o sean apuntes para la historia, México, Fideicomiso Teixidor/Libros del Umbral, 2001, p. 14.
[12] Casa imperial, “El Emperador Agustín”, http://www.casaimperial.org/introduction_es.htm, Consultado el 01 de diciembre de 2015.
[13] Verónica Zárate Toscano, “Agustín de Iturbide entre la memoria y el olvido”, en Secuencia, núm. 28, 1994, p. 8.
[14] Ana María Huarte, Representaciones que la viuda del excelentísimo don Agustín de Iturbide a dirigido al supremo poder legislativo de los Estados Unidos Mexicanos,  México, Imprenta del Águila, núm. 6, 1833, p. 1.
[15] Ibídem, p. 2.
[16] Lorenzo de Zavala, Viaje a los Estados Unidos del Norte de América, con una noticia de sus escritos de D. Justo Sierra, Mérida, Yucatán, Imprenta de Castillo y Compañía, 1846, p. 206.
[17] Rafael Reynal, Viage por los Estados Unidos del Norte, dedicado a los jóvenes mexicanos de ambos secsos. Impreso por E. Deming, 1834, p. 68.
[18] James K. Polk, “Thursday, 17th february, 1848”, en The Diary of James K. Polk During his Presidency, 1845 to 1849, edición y notas de Milo Milton Quaife, introducción de Andrew Cunnigham McLaughlin, vol. I-III, Chicago, Chicago University Press, 1910.
[19] Casa imperial, ob. cit.
[20] Virginia Guedea y Jaime E. Rodríguez O., “De cómo se iniciaron las relaciones entre México y Estados Unidos”, en María Esther Schumacher (comp.), Mitos en las relaciones México-Estados Unidos, México, Fondo de Cultura Económica/Secretaría de Relaciones Exteriores, 1994, p. 12.
[21] Jesús Velasco Márquez, “Visión panorámica de la historia de los Estados Unidos”, en Rafael Fernández de Castro y Hazel Blackmore (coords.), ¿Qué es Estados Unidos?, México, Fondo de Cultura Económica, 2008, p. 40.